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Memoria y relato de una hemiplejía vencida en Higesa


En la Plaza de la Señoría de Florencia, se alza (o se alzaba porque ahora creo que está en rehabilitación también, ósea, en restauración) la fabulosa estatua de David, que disputa a la Venus de Milo del Louvre, el honor de ser la estatua más bella del mundo. Ensimismado en la contemplación de las fotos en un libro sobre Florencia, estaba yo  en la sobremesa de aquel día de principios de Julio de 2011 sentado en una butaca, en mi camilla, junto al ventanal que, abierto, me mostraba entre la espesura de los arboles del jardín de la Residencia, los picos del Guadarrama recortándose sobre el velazqueño cielo de Madrid.


Un poco cansado por el gran rato  que llevaba contemplando las  bellezas florentinas, quise dar un pequeño paseo por mi habitación y estirar las piernas; pero al apoyar la mano derecha sobre el brazo del sillón noté que no podía levantarme; lo intenté varias veces, todo inútil, entonces pensé – ingenuo de mi – que estaba muy cansado y quise apoyarme en la camilla, y así lo hice, pero se venció y cayó de lado y yo también prácticamente debajo de la cama. Me di un fuerte golpe en la frente y empezó a dolerme mucho la cabeza; en el suelo, y parcialmente debajo de la cama como dije, pensé que era inútil chillar o intentar arrastrarme; nadie pasaría seguramente por allí en aquellas horas, pues el resto de las habitaciones estaban vacías y así no me podía quedar hasta quizá la noche, por lo que se me ocurrió llamar a la recepción por el móvil.


Como soy persona que gusta de pasear por el campo –y los alrededores de Los Molinos son bellísimos- siempre que podía salía a dar una vuelta y en previsión de que alguna vez me ocurriera algo, había puesto el número de la Residencia en la marcación rápida. Concretamente era el número 8; así  es que saqué el móvil que siempre lo llevo en el bolsillo de la camisa por lo que se es muy accesible, marqué el 8 y me salió la dulce voz de Covi, que en aquellos momentos me pareció la de un ángel salvador  y le dije lo que me pasaba y que me enviara un celador, yo quería que fuera un hombre porque seguía pensando que era puro cansancio y que en cuanto me pusiera en pié  todo sería normal. Pero Covi se temió otra cosa y en vez de llamar al celador subió corriendo a mi habitación y cuando contempló el panorama fue, no a por el celador, sino a dar la voz de alarma a la enfermería. Por esta acción llamo a Covi “mi salvadora” y se lo agradeceré eternamente.


A la voz de alarma acudieron cuatro enfermeras,  dos doctores, el Doctor Orizales y el Doctor García Delgado que es el Traumatólogo. El Doctor Orizales es mi médico de cabecera; acudieron también otras personas, entre ellas Bea, que estuvo examinándome la pierna.


Una ambulancia llamada con urgencia por Fernando llegó enseguida y entre cuatro celadores –hicieron falta cuatro para levantarme, no uno como yo pedía- me trasladaron a una camilla y de allí a la ambulancia.


Tras despedirme de Teresa, mi mujer, que siempre ha sido el apoyo más firme que he tenido le prometí que volvería pronto, y así lo hice.


Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, llegué a Urgencias de la Fundación Jiménez Díaz. Después de pasarme el resto de la tarde, hasta bien entrada la noche, me hicieron numerosas  pruebas que no podría recordar ahora, y por fin me trasladaron a planta.


En el hospital estuve cinco días, también haciéndome más pruebas y al final me diagnosticaron  un “déficit en el hemicuerpo izquierdo frontal bilateral”  y además objetivaron en urgencias una debilidad con BM 1/5 izquierdo, con dolor de cabeza en la zona frontal bilateral.


En la planta, la habitación era nueva, estaba en la zona que había sido cafetería y restaurante en la planta 9, y lo más curioso que me ocurrió fue que, claro está, la primera noche me pusieron las barras en la cama para evitar caídas; a mí eso me produce una sensación de agobio que no me deja dormir, y después de mucho protestar, la doctora, que era muy joven y muy simpática, me trajo un papel asumiendo yo toda la responsabilidad de mi caída, lo firmé y me quitaron las barras y por supuesto no me caí.


Cuando me las quitaron la doctora me pregunto el porqué de esa fobia a las barras, yo se lo expliqué y le dije que me daba sensación de que estaba en Alcatraz, le hizo gracia, por lo visto, mi explicación y me llamó “Al Capone”.


A los cinco días me dieron el alta y yo me alegré muchísimo por dos razones; la primera deseaba volver y estar con Teresa y la segunda porque sabía que la rehabilitación no la podía hacer en ningún sitio mejor y la propia rehabilitación de Teresa era un ejemplo.


Y de esta manera al cabo de cinco días estaba de vuelta, aunque sentado en una silla de ruedas y sin poder mover ni mi brazo, ni mi mano, ni mi pie izquierdos. La moral por los suelos, cojo, manco y medio ciego, vaya porvenir, pensaba, y ese era mi estado de ánimo. Pero estaba equivocado, no contaba en mi ceguera con la dulce tozudez de Isabel, ni con los alegres varapalos de Bea, ni con los largos paseos por la pasarela con Loli mientras Isabel estaba de vacaciones veraniegas. Las tres, junto con Silvia, Marta y la psicóloga Izaskun, que se han ocupado de mi mano y de mi brazo izquierdo con especial esmero. A todas, muchas gracias.


Con Isabel me paso todas las mañanas subiendo y bajando la escalera; cronometrando mis tiempos, como si fuera un ciclista en el Tour de Francia.  Luego, para dar más similitud al tema, me hace subir a la bicicleta estática y me tiene pedaleando una hora sin piedad; luego poleas; rayos infrarrojos en el cuello, me ata las piernas para hacer músculos. Y les digo, y es verdad, que ahora estoy trabajando más que en la mili.


Pero cuando llegué del hospital, en julio, varias personas me dijeron “si pones interés y haces lo que te digan, andarás en septiembre”. Puse todo mi empeño y, efectivamente en el mes de septiembre, empecé a andar yo solo, y a partir de ahora, a perfeccionarlo como estaba previsto.


A partir de septiembre, la moral subió más que la bolsa y mucho más que el Alcoyano, y ahora todo va perfeccionándose poco a poco, y el personal y residentes de la casa me anima, me elogian por lo que he conseguido, y honestamente es un error. El éxito no es mío. Recuerdo al David de Florencia y lo pongo como ejemplo: Es una gran obra de arte pero: ¿De quién es el mérito? ¿Del cincel de Miguel Ángel o de las Canteras de Carrara? Verdad es que la materia prima es de excelente calidad, pero el éxito es de quién lo moldeó.


Yo no he sido más que la materia prima, y para no caer en falsa modestia estoy dispuesto a aceptar que el interés puesto por mí es de excelente calidad como el mármol de Carrara. Pero la gloria es haberlo moldeado y eso lo hizo el cincel de Miguel Ángel: Las manos de Isabel y también las de Bea y las demás. A Isabel la comparo con una aceituna: verde por fuera y por dentro con hueso. Pero pronto dulcemente, como hace ella todo, la aceituna se convierte en rellena y el hueso en una suave anchoa. La profesionalidad y el buen hacer de este equipo están fuera de dudas. La lista de éxitos sería interminable pero para muestra solo falta un botón.


Pocos días antes de Navidad, a los cinco meses de mi ictus, se celebró la fiesta anual de la residencia.

Allí Teresa y yo, ambos habíamos estado totalmente cojos unos meses antes, bailamos alegremente durante la noche. Primero nosotros, después con otros asistentes a la fiesta. Fue la señal más evidente de que el ictus, la hemiplejía, había sido vencido.


Pero el colofón de esta historia se produjo al filo del nuevo año 2012. Desde el verano pasado yo decía que el objetivo era tomar las uvas el 31 de diciembre con la mano izquierda, que la tenía totalmente paralizada; y aquella Nochevieja cumplí mi objetivo, las tomé con la mano izquierda. Claro que no pudo ser al ritmo de las campanadas; Bea me dijo después que había empezado a tomarlas en la Puerta del Sol y acabé en Canarias. Pero cumplí.


Objetivo para la próxima Nochevieja; Tomarlas, por supuesto con la mano izquierda, pero siguiendo el ritmo, tranquilo y marchoso, al mismo tiempo de las alegres campanadas del Reloj de la puerta del Sol.

 

REHABILITACION:  | EL CINCEL DE MIGUEL ANGEL. Por Rafael Cotta, periodista y paciente de Higesa

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